Tenía catorce años y era de noche, un lunes 5 de Septiembre de 2005, estábamos espiando a los que estaban bebiendo en la montaña pastel. Nos extrañó que no nos hubieran avisado, ya que todos somos un grupo. Víctor iba fumando su cigarro, de forma principiante, ya que hacía poco que empezó con el hábito. Poseía un cigarro Camel en una mano y en la otra, una linterna de gran potencia. Andábamos por el pardo los cuatro, criticando a los que no nos incluyeron en su festín. Nos molesto mucho. Todavía recuerdo lo que llevaba puesto entonces: solía llevar ropa ancha, pantalones vaqueros, una camiseta larga y mi coleta alta rubia. Bajábamos al parque cuando Víctor me cogió por detrás y me susurró al oído que probara el cigarro. Nos quedamos atrás y las otras dos se fueron. Me digné a probarlo, y se me cayó al suelo. Nos reímos. No me gustó, no supe darle bien la calada. Decidimos dar un paseo, y hablábamos de cosas que nunca hacíamos. Me preguntó quién me gustaba, le contesté que Jorge Romera, uno de mi clase del cual llevaba un año y medio detrás de él pero no me hacía caso. Víctor, casualmente, no le gustaba nadie, con lo cual, no hablamos mucho de él.
Se quedó sin tabaco y le hice el favor de comprarle un paquete en el bar que estaba a la vuelta. Me lo agradeció mucho. De repente, me agarró de la mano y andamos un buen rato de esa forma. Después de tanto paseo, nos sentamos en un sitio escondido al otro lado de la vía del tren. La cosa fue más allá. No paraba de lanzarme indirectas, que al principio no las entendía pero no me quedo más remedio que darme cuenta.
- ¿Te liarías con alguien del Goloso? - pregunté para atar cabos presintiendo que iba a decir que sí, con Belén.
- Sí- contestó convencido
-Y… ¿con quién? - proseguí curiosa.
- Contigo, por ejemplo. Tenemos mucha confianza y te quiero un montón.
Me quedé atónita. Nadie había estado nunca por mí. Desde hacía pocos meses, di un cambio radical. Hice un régimen estricto que hizo que cambiara mi figura por completo. Precisamente, me asombró más de lo debido porque hacía dos años, yo estuve por él, y ahora que era yo la que no estaba interesada, vino él. Pero algo me decía que ese era mi momento, mi momento de vivir mi primer beso. Pero tenía un problema: le había dicho que ya había vivido mi primer beso, y era mentira. Pero primero, al ver que él no se lanzaba a decirme más que indirectas, tenía que decirle si nos besábamos.
- Bueno, te querría decir una cosa. - propuse.
- Dime- contestó.
- Es que… verás… emmm…
- No te cortes, dímelo.
- Pues… -tras unos minutos pensando cómo se lo decía, cedí. Que si te quieres liar conmigo, pero es que te he mentido, no sé besar.
- Haz lo que te diga el corazón- me respondió de forma dulce.
Nos acercamos, cerramos los ojos, y nuestros labios se juntaron. Poco a poco, las lenguas fueron introduciéndose. Hacíamos cosas raras con ellas, ¡me entraba la risa! Tenía que guardar las composturas. Notaba que me ahogaba, paramos. Hablamos y volvimos. Me ahogaba de nuevo, paramos pero descubrí que esto creaba adicción. Volví a besarle. Miramos el reloj y vimos que era demasiado tarde. Nos levantamos y le pedí que nos besáramos por última vez. Tuve que ponerme de puntillas, era demasiado alto. Oímos de fondo la voz de Belén, nos cortó el rollo y salimos como si no hubiera pasado nada.
Aquella noche no dormí, estaba en una nube; no me lo podía creer. Me estaba empezando a gustar de nuevo y pensé que tendríamos una bonita historia de amor. No se tenía que enterar nadie de lo nuestro, me lo hizo prometer, lo mantendríamos en secreto. Fue tan bonito… Aunque ahora, cada vez que lo pienso, me digo: ¡Qué sosa fui! Sólo me digné a besarle mientras me sujetaba con un brazo en el suelo para no perder el equilibrio. Ya tenía ganas de que fuera el día siguiente.